REPORTAJE: DELITOS TELEMÁTICOS
Acoso a la identidad
Autor: Víctor Masip
El uso extendido de las nuevas tecnologías son una de las armas preferidas por los delincuentes que utilizan Internet para beneficiarse económicamente. El hombre ha sabido siempre sacar doble provecho a los adelantos tecnológicos, aunque la mayoría de las veces no sea para hacer un uso lícito. Los timos y fraudes a través de la red están a la orden del día. La tentación y candidez de cada vez más gente ávida de dinero rápido, que cede con facilidad a ofertas de este tipo, facilita el trabajo a los timadores. Las lagunas legales, el anonimato que proporciona Internet, la sencillez y la crisis financiera que nos azota en la actualidad, contribuyen a generar un perfecto ecosistema para estas prácticas.
Son las cinco y veinte minutos de la tarde, Isabel llega a su domicilio cansada y sudando a mares. Se quita su chaqueta de hilo, la dobla con delicadeza y la guarda en el armario que está junto a la puerta. Lo mismo hace con el bolso y el pañuelo púrpura atado al cuello. Su primer destino, el baño, no sin antes hacer un alto en su habitación para darle al interruptor del ordenador. Se sitúa delante del lavabo y levanta la cabeza lentamente encontrándose con su ajado reflejo. Su aspecto revela una clara mezcla de debilidad, agotamiento y resignación. Sustituye la vestimenta de calle por un atuendo doméstico, camisón veraniego de colores y clarks blancos de farmacia.
Isabel es una mujer soltera de poco más de medio siglo . Su timidez por el sexo opuesto la condujo a planear una vida alejada de los hombres, centrada en proyectos laborales y superaciones personales que según ella, reemplazaban el vacío sexual. Hace cosa de año y medio, su monótona pero acomodada vida dio un giro, cogiéndola de imprevisto, destruyendo por completo sus esquemas y fundamentos en los que se había basado.
Hija única, inició los estudios de magisterio pero abandonó la carrera para trabajar como contable en el Hotel Real de Lleida. Federico, su padre, arquitecto de profesión, les dejó cuando ella tenia veinticuatro años. Así pues, tuvo que acarrear con todas las responsabilidades.
No ha conocido ningún otro oficio. Empezó, la hicieron fija y la ascendieron, y así hasta que el doce de abril de 2008 el destino le jugó la peor de las cartas. La crisis financiera acabó con su empleo, arrastrando consigo las ilusiones y ganas de vivir. Por si esto fuera poco, su madre falleció a las dos semanas de conocer la noticia quedándose sola, sin trabajo y con una herencia de unos dieciocho mil euros que pronto acabaría por consumir.
Isabel se pasa las mañanas encerrada en su casa, no mantiene apenas contacto con sus escasas amistades. Únicamente sale a la calle para comprar y hacer recados de urgencia. Sabe en todo momento que lo que está haciendo esta mal, por eso algunas tardes puntuales como la de hoy, hace un esfuerzo para sacar lo mejor de dentro e inicia una procesión por distintos puntos de la ciudad para encontrar una nueva ocupación. Lo hace únicamente para no sentirse culpable y hacerle creer al subconsciente que aunque la suerte no le acompañe su actitud positiva sigue en pie. Lo cierto es que verdaderamente da por seguro que va a volver a casa tal como ha salido y que estas escapadas son solo una mera excusa para olvidarse por un rato de todo lo que la perturba y la deprime cuando está recluida en su hogar.
No tiene padres, pareja, hijos, empleo, nada por lo que luchar. Hace unos meses que se refugia plenamente en su viejo ordenador, al que le ha ido otorgando varios roles. Primero lo usaba para terminar el trabajo acumulado los fines de semana, fue la excusa para comprarlo y familiarizarse con las nuevas tecnologías e Inernet. Cuando la despidieron del hotel, invirtió tiempo elaborando currículums con la esperanza de que pronto la iban a llamar para algún trabajillo de oficinista. Ahora, el ordenador se ha convertido en una máquina de juego, y lo único que invierte y pierde son altas cantidades de dinero. Basta con enchufarlo, acceder a las páginas de ocio, registrarse, pulsar un botón y rellenar los datos bancarios para hacer efectivo el depósito. Algo sencillo, rápido, fácil y cada vez más divertido con la esperanza de que este se multiplique.
La adicción a los casinos de Internet se ha convertido en la principal fuente para canalizar los malos momentos, angustias y penas. A largo plazo todo esto va a repercutir negativamente en su vida, pero se siente tan perdida que prefiere hacerle oídos sordos al destino. Sin embargo, de lo que no es consciente, es que pronto va a perder lo único que conservaba. Su identidad.
Como cada día laborable, el despertador de Josep Antoni se dispara a las seis menos diez de la mañana. Tiene el tiempo justo para almorzar, vestirse y dar-le un beso de despedida a su chica, que le tomará el relevo dos horas más tarde. Es un joven policía de treinta años, y lleva dos compartiendo casa con Gemma, directora de una pequeña escuela de primaria situada a unos quince kilómetros de la capital del Segrià.
Los dos se conocieron muy jóvenes. Él nació en un pequeño pueblo de no más de quinientos habitantes situado en el corazón de la comarca de Les Garrigues. Ella lo visitaba los fines de semana cuando venia de Barcelona con sus tíos y primos a arreglar una casita de piedra que habían comprado, como premio a una futura jubilación cada vez más cercana.
La concesión de la plaza para trabajar como agente de la Brigada de Investigaciones Tecnológicas de la policía nacional que obtuvo Josep Antoni, se convirtió en la excusa perfecta para iniciar una nueva etapa juntos en un cómodo loft emplazado en una zona céntrica del barrio de Pardinyes.
Tuvo que esperar cinco años des de que entró en el cuerpo nacional de policía, pero al fin su sueño se había cumplido. Atrás quedan los días y las noches de duro estudio y capacitación, asumiendo que cada peldaño que con tanto esfuerzo superaba, podía perderse en cuestión de segundos, incluso estando ya en lo más alto de la cumbre del éxito. Finalmente se hizo con una de las dos plazas que se ofertaban.
Su puesto de trabajo se sitúa en una segunda planta, la oficina B de la delegación de la Policía Nacional de Lleida. La Brigada de Investigación Tecnológica conocida como BIT, nació en el año 1995 con la finalidad de investigar los delitos que se cometen a través de Internet. A penas cuenta con una equipo de treinta funcionarios repartidos por todo el territorio español, no obstante, la plantilla se aumentó coincidiendo con la llegada de la crisis económica y financiera. Trabajan estrechamente con organizaciones sin ánimo de lucro formadas por personas anónimas que colaboran aportando datos e informaciones sobre posibles delitos que se cometen en la red.
Cada miembro de la BIT de Lleida asume una sección: especializados en protección al menor, defensa de la propiedad intelectual, seguridad lógica, fraude en el uso de las telecomunicaciones y fraudes de Internet. Esta última es de la que se encarga Josep Antoni.
Durante los dos años ha participado en más de sesenta operaciones centrándose especialmente en los casos que involucran a los ciudadanos de su provincia. Por ejemplo, si recibe el aviso de las oficinas centrales de Barcelona o Madrid en que hay implicados un cierto número de delincuentes y víctimas localizadas en la demarcación de Lleida, concentra gran parte de sus esfuerzos en la identificación exclusiva de estos individuos, no sin dejar de desatender la trama global de la operación. Con su experiencia, puede confirmar que tanto el número de delitos como su complejidad va incrementándose de manera exponencial, por lo tanto el oficio requiere un reciclaje y actualización constantes. Con el uso de las nuevas tecnologías se pueden cometer infracciones e ilegalidades de cualquier tipo.
Josep Antoni llega cada mañana de los primeros. Saluda a las compañeras de recepción, coge un botellín de agua y se dirige a su planta. La oficina está situada a la izquierda de la sala, en el rincón inferior. Aprovecha el corcho de las paredes para colgar fotos, dibujos, esquemas para crear un entorno de trabajo cómodo y familiar. El escritorio consta de dos pisos. En el tablón superior se pueden contar tres pantallas de ordenador: la de la izquierda se utiliza como localizador IP, con el fin de plasmar sobre un mapa el perímetro estimado donde se está cometiendo una infracción y conocer los datos personales del titular de línea.
La del medio para navegar por la red y la tercera contiene un programario para descifrar códigos y filtrar archivos. Junto a esta hay una cartulina con más quince números de teléfono.
La parte inferior contiene un tramado de cables que conectan con el servidor central, los teclados y ratones, un teléfono con manos libres, un par de archivadores y unos folios con garabatos hechos a rotulador permanente. Los lados de la mesa están rodeados por tres armarios de poco más de metro y medio. Encima se distingue una impresora láser sumergida parcialmente entre montones de papel y carpetas polvorientas.
La tarea de hoy, consiste en hacerse pasar por usuario novato de una página web sospechosa de blanquear dinero negro. Este portal promete ingresar en la cuenta bancaria del usuario una alta suma de dinero con la condición de que el titular ingrese el setenta por ciento de dicha cantidad en otra cuenta secundaria. Y por último revisar el correo electrónico activado recientemente a disposición de los internautas.
La habitación de Isabel es una mezcla heterogénea de sonidos. En la penumbra ligeramente iluminada por los rayos del monitor, nuestra marchitada cincuentona parece estar mecanizada y dotada de multifunción. Con una cuchara en la mano izquierda, espachurra una magdalena contra el cristal del vaso, a medio llenar de leche y café. Los dedos de la mano derecha parecen danzar al ritmo de los números que cada tres segundos perora una voz artificial, alternando unas veces el clic-clic del ratón con el claff de la letra A, un tanto sobeteada.
Todo transcurre con la habitual normalidad hasta que la binguera virtual se ve obligada a hacer un alto para comprar más cartones. Una operación sencilla que ha repetido en un par de ocasiones una vez agotados los treinta euros de prueba, que el casino regalaba al afiliarse.
Esta vez lo hace sin recelo. Unos cien euros más no van a arruinar-la. Con un poco de suerte, esa misma tarde los va a multiplicar por diez. Ahora comprende que la clave está en apostar cantidades más altas, no como las dos veces anteriores, que apostando de euro en euro veía como su parné acababa en cifras negativas a los dos días.
En la parte superior izquierda se distingue un hipervínculo aislado. Un botón rojo con las palabras “Ampliar Depósito” en versalitas, seguido del dibujo de un marcianito empujando un carro de la compra. Isabel sacó del cajón la libreta para echarle un vistazo a los dígitos bancarios y rellenar el formulario. Unos seis minutos fueron suficientes. Solamente faltaba revisar si todo estaba correcto y confirmar. El icono del reloj de arena se desvaneció para mostrar un mensaje en rojo: “Los datos que ha introducido no coinciden con el titular de esta cuenta”. Era la primera vez en dos meses de juego que el ordenador le reportaba un error. Repitió el proceso unas doce veces sin éxito, hasta llegar a un punto de desesperación e impaciencia más por el hecho de no poder continuar con la partida, que por el problema real que se le venía encima. Optó por registrarse con otro apodo y seguir apostando con el importe de bienvenida.
Una semana más tarde, Isabel recibe una carta procedente de Dubai. En el remitente se puede leer el nombre de una empresa de telecomunicaciones. El escrito le informa de que sólo dispone de una semana para ingresar tres mil euros en un número de cuenta que le facilitaban. De lo contrario, la compañía tomará las pertinentes medidas legales y será incluida en una lista de morosos. El aviso viene complementado con varias llamadas a cobro revertido en que una joven teleoperadora cambia su dulzura por un tono amenazador que le aconseja que efectúe en breve la transferencia o su línea telefónica quedará anulada, repitiendo en más de una ocasión que la empresa tiene pleno conocimiento de dónde vive y que vendrán a hacerle una visita.
A Isabel le han anulado la cuenta bancaria. Cada dos días le llegan facturas, notificaciones, de cargos que no ha contratado. Le han suplantado la identidad. Sigue conservando sus papeles y número de identificación pero alguien que vaga por algún rincón del mundo, tiene poder para actuar como si de una réplica de Isabel se tratara. Las autoridades tienen pleno conocimiento de la situación en que se encuentra.
Lo triste del caso es que un número creciente de delitos como el que sufre el testimonio están catalogados como altamente complejos y actualmente es imposible que la policía pueda hacer algo al respecto. Estas empresas fantasma se ven favorecidas por los vacíos legales y la deslocalización que permite Internet, jugando carta blanca con la candidez de las personas que se ven tentadas a aceptar falsas ofertas para rehuir de los problemas económicos que acarrea actualmente nuestra sociedad. Pudiendo moverse con total tranquilidad ya que un setenta por ciento de estas actividades ilegales se efectúan en paraísos fiscales y nunca se podrá conocer quién está detrás de estos negocios. Ya sea un grupo perfectamente coordinado o una única persona que aprovecha sus conocimientos informáticos para hacerse rico.
El periodista y criminólogo Mario Piñol conoce con exactitud el testimonio de Isabel, incluido en una lista cada vez más larga de casos en los que por el momento, nada se puede hacer. El fundador de “Detectives Internautas”, una asociación sin ánimo de lucro que asesora mediante consultoría a empresas, personas físicas y organizaciones interesadas en defender su identidad, reputación y contenidos de Internet, parte del concepto que todo ciudadano tiene derecho a defender y proteger su identidad legítima en Internet.
Josep Antoni y Mario trabajan conjuntamente para que cada uno de estos casos no caiga en un pozo sin fondo, ni se pierdan en archivadores y carpetas encerrados dentro de un armario. Han de permanecer siempre encima de la mesa, bien visibles, a la espera de que en el momento más inesperado puedan solucionarse o servir de ejemplo para no tropezar en los mismos errores en un futuro. Mantienen contacto diáriamente con el fin de compartir información y comunicar sus avances de investigación.
Ramon Oró se ha pasado de bando, hace casi nueve meses que ha salido de la prisión. Acusado de participar en una red que creaba virus para descifrar claves y contraseñas personales, este informático colabora estrechamente con Mario Piñol. Tiene capacidad para conocer las tácticas que emplean muchos delincuentes. Pero lo cierto es que mientras no exista una solución para dichas ilegalidades, el Observatorio velará por concienciar a la sociedad de los peligros que acarrea facilitar hasta cierto punto, datos claves de nuestra identidad, ceder a ofertas tentadoras y poner en conocimiento el lado oscuro de la red.
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