Se respiraba un ambiente diferente a los otros días de Marzo en la pequeña población de l'Albagés. Los primeros rayos de Sol empezaban a iluminar las calles, los edificios, la plaza y en ella una hilera de caritas radiantes. Sonrientes quizá por el nerviosismo, incertidumbre y curiosidad, esperando con ansia la máquina que los transportaría a una nueva experiencia, alejándolos por unos días de su entorno rutinario que tan fielmente cumplían.
Ese día, el pelotón de batas gris y rosa de las nueve menos cuarto, armado con libros y carpetas, que atravesaba la avenida principal hasta llegar al colegio, se había anticipado una hora antes. Aquella mañana los uniformes y mocasines cedían la jornada a una heterogénea gama de chándales, sudaderas, bambas y todo tipo de objetos que conformaban y aderezaban una vestimenta cómoda, ágil y fresca. La multitud se había detenido justo a la mitad del cotidiano recorrido, agrupándose alrededor de la vieja e ignorada estación de autobús, concentrando el particular ambiente sonoro en una reducida porción de espacio.
Esta vez el alboroto lo complementaban el grupo de padres de las criaturas, más impacientados que sus hijos, que les apilaban las mochilas repletas de provisiones en las esquinas de la estructura acristalada y esperaban el momento de la despedida. Algunos con la ropa de trabajo y otros con el carrito de la compra a un lado, hacían fotos o charlaban amigablemente y se animaban a hacer pronósticos y previsiones del viaje.
La algarabía allí formada, no pasaba desapercibida. A esa hora empezaban el turno los trabajadores del molino y el señor Juan, con la camisa azul ducados remangada, pantalones oscuros y ajustados, con puro en mano y semblante alegre se acercó para despedir a su nieto y al resto de los chiquillos, ajeno a la fatal jugarreta que el destino le tenia preparada para minutos más tarde, en que moriría después de agonizar varias horas bajo la rueda de su tractor. Tiñendo de negro y de luto uno de esos días que parecían acertados.
Algunas señoras retiraban tímidamente la sobada cortina del balcón que daba a la plaza, para echar un vistazo a lo que ocurría, pero eran delatadas por la chispa de luz que emitían sus gafas al entrar en contacto con el resplandor del Sol. Otras, sin tan pudor, se animaban a exhibir su colorido batín, a juego con las flores de la fachada, ofreciendo discursos de precaución y modales los niños y profesores.
Allí permanecieron sentados en fila, sobre la larga y carcomida banqueta sujetada entre los dos pilares de la caseta. Apoyando la espalda en el cristal sucio y calcificado, colgando las piernas de pollo que iban desapareciendo según aumentaba la temperatura.
martes, 8 de junio de 2010
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